Lo primero es avisaros que los hechos que leeréis son verídicos, sólo se han alterado algunos nombres.
Resulta que la novia de mi amigo Clark, Sònia, vivía de alquiler compartiendo piso. La titular del contrato era una chica de un país remoto y lejano llamado Cretinolandia, dominado por dictadores, y se llamaba Fem. A los pocos días de haber Sònia entrado a vivir a la casa, Fem se mostró bastante extraña. El primer hecho que perturbó la convivencia fue que el pobre Aitor, quien había entrado en la casa a vivir a la vez que Sònia, no calló en gracia a Fem, y ésta, aduciendo “problemas de incompatibilidad” basados en argumentos tan sólidos como “las malas vibraciones” o “el karma”, intentó echarle a la calle a los diez días de estar Aitor allí. Sònia contempló desde su posición de observadora la situación, y pensó “si las barbas de tu vecinos ves quemar…”
Pasaron dos meses en los que Aitor aguantó lo que pudo, pese a sus súplicas, y finalmente se marchó. Fem, cada día más loca, organizaba y dirigía la vida de la casa a su antojo. Las promesas iniciales de participar todos los habitantes de la casa de un contrato común se desvanecieron al mismo ritmo que subió la gravedad de las locuras propias de Cretinolandia de las que adolecía Fem. Pero antes de que Aitor abandonase la casa llegó al piso Tex-Mex, quien estuvo conviviendo en la habitación de Fem, no sabemos si pagándole el alquiler a base de sexo gratis. Cuando Tex-Mex ocupó la habitación de Aitor no tardaron en surgir las tensiones entre él y Fem. Tex-Mex, chico algo golfillo, empezó a pasear por el piso a su novia y a su amante, y eso propició que Fem le odiase, lo que se tradujo en malas caras y comentarios por la espalda.
Mientras todo lo anterior sucedía, cierto día Fem decidió algo que marcó el principio del fin en la casa. Para entenderlo antes hay que explicar una cosa: Fem llevaba dos años en paro por voluntad propia, pues decidió que se había ganado ese descanso después de años de trabajo (eso decía), pero sus cortas luces no le hicieron ver que en el mundo había una cosa que se llamaba crisis económica, así que se encontró que cuando quiso reaccionar ya era demasiado tarde y se quedó sin ingresos. Una persona normal habría previsto algo así, pero no la pobre Fem, y no sólo eso, hay que sumar el agravante de que cuando Fem sufría una crisis personal se deshacía de todas sus pertenencias, lo cual significaba un esfuerzo económico importante. El caso es que cierto día Fem decidió alquilar su habitación para hacer frente a los gastos económicos y a sus nulos ingresos. El lector inteligente habrá apreciado que he dicho SU HABITACIÓN, de lo que surge la siguiente pregunta: ¿dónde narices iba a vivir Fem? La respuesta, extraña: en el salón.
La pobre Sònia se quedó, de la noche a la mañana, sin salón. Pagaba el mismo alquiler pero tenía derecho a menos trozo de casa, ¡genial! A comer a la habitación, a ver la tele a la habitación… menos mal que aún podía cocinar en la cocina, y he dicho aún. La nueva inquilina de la habitación, proveniente de un lloc que no vull anomenar, y de nombre Noire, tuvo un paso fugaz que a penas rozó el mes. Noire, de carácter fuerte, se pasaba todo el día hablando por teléfono cuando Fem no estaba en casa (y por ende en el salón) porque el aparato estaba allí, pero claro, cuando Fem pasaba esos días enteros llorando en su mega-habitación y no salía, la pobre Noire se subía por las paredes por no poder hablar con el camacu de su novio. La tormenta se desató el día que Noire le pidió a Fem un inalámbrico, a ver si colaba. Sònia, Tex-Mex y Fem se negaron a pagarlo, por lo que Noire desesperada le narró a gritos esto a su novio por teléfono (el suyo, claro, y eso cuesta y duele). Por su parte, Tex-Mex tuvo en la pila dos semanas platos sin fregar que Sònia había visto dejar allí, pero él lo negó y lo negó, hasta que una conversación “a cuatro” zanjó el tema y los fregó finalmente al verse descubierto.
Finalmente Noire abandonó la habitación. Tex-Mex no tardó. Quién pagó y quién no, mi amigo nunca lo ha averiguado. El caso es que en el lugar de Tex-Mex entró The Invisble Man, quien hizo gala de su nombre al no ser avistado por Sònia más que en dos ocasiones. El caso es que la habitación que quedó libre, la de Noire, no era fácilmente alquilable, ya que es difícil vender a alguien la moto de “bonita habitación con derecho a todo… menos a salón”. Y el tiempo pasaba, y sin dinero ni ingresos, las deudas de Fem crecían. Así que llegó el día en el que Fem, de buen grado, le dijo a Sònia que en dos meses tendría que abandonar la habitación. “Perfecto”, dijo Sònia, “te pago este mes y el último te lo cobras de la fianza”. Cerrado el acuerdo verbalmente y pagado el mes acordado todo parecía discurrir con normalidad hasta que una visita fugaz de Tex-Mex dos semanas después de su marcha dio un giro de 180 grados; después de marcharse Tex-Mex entró Fem en la habitación de Sònia y dijo: “Cambio de planes, tienes que abandonar el piso a finales de mes”. Bonita jugada: hacer pagar el mes para darle la fianza a otro, y encima te quedas pensando si verás la fianza, la cual, al ser reclamada dijo que se devolvería a la entrega de llaves una vez vacía la habitación, y si podía ser antes de final de mes, mejor.
El último mes fue un infiero: los platos y la basura se fueron acumulando en la cocina con el único fin de boicotear a Sònia. Fem no sabía cómo echarla antes de tiempo. The Invisible Man seguía viviendo, pero no hacía mucho ruido. Los últimos días fueron bastante duros, sin posibilidad de hacer uso de la cocina, que olía desechos y a putrefacción. Sònia, cual irreductible galo, resistió hasta el final. Para colmo, Sònia recibió una llamada de la casera, quien se hizo con su número, y le informo que Fem debía 2000 euros de alquiler. ¿Las drogas? ¿La prostitución? ¿La financiación del partido de la liberación de Cretinolandia? Quién sabe a dónde había ido a parar el dinero…
La recuperación de la fianza vino precedida de una discusión en la que el cinismo por negarlo todo se adueñó de Fem; llegó a negar cosas que Sònia había visto. Fem estaba loca, fuera de sí, demostrando que la cordura jamás había habitado en su cabeza. En su discurso Fem se contradijo por momentos, no se daba cuenta, era penoso.
De camino a la nueva casa Sònia y Clark determinaron que no podía quedar la cosa así. Por suerte existía una copia oculta de las llaves de la casa, así que tirando de agenda llamaron a sus inseparables amigos para organizar una cena de despedida de la casa con comida basura de esa que mancha mucho con decenas de bolsitas de kétchup, no todas con destino alimenticio. Lástima que no pude ir, pero Clark que me lo ha contado todo. Después de cenar pacíficamente, el colofón fin de cena llegó con la colocación de la basura en la puerta de la habitación de Fem, de donde no se había dignado a salir, ya fuera por cobardía, miedo o simple locura. La salida de la habitación se convirtió en el estercolero en el que Fem había convertido la cocina, se le devolvió todo lo que había creado más un plus de kétchup, todo a su legítima dueña. En su puerta acabaron estampados los tomates podridos que había dejado en la nevera haciéndola inútil, junto a su puerta se virtió la taza con chocolate con mo que llevaba dos semanas en el fregadero, y en definitiva, todos los cacharros con comida podrida acabaron esparcidos junto a su puerta, y parte de ellos pasaron debajo de ésta.
Con éstas, todos abandonaron la casa orgullosos de haber contribuido a una buena acción y de haber repartido un poco de justicia universal.